Por Pablo Cerezal
Un escueto “breve” de un periódico nacional, camuflado entre la jungla de tipografías y desgracias de las páginas de “sociedad‚” informa del fallecimiento de un ciudadano malíense (“ilegal” en nuestro país, of course). Resulta que el pobre diablo murió electrocutado al intentar robar cobre en las vías del tren de Alta Velocidad, a su paso por uno de esos pueblitos de La Mancha que ya nadie quiere recordar.
Podemos alargar hasta el infinito argumentaciones de las causas y razones de este descorazonador hecho, pero prefiero yo aletargarme en una correlación que hallo entre este hecho y otro que de inmediato paso a relatar, y considerarlo, al fin, el fatídico cúlmen a un glorioso acto de justicia poética.
Allá por el año 1880, cuando aún no contaba 25 años de edad, el poeta Arthur Rimbaud se instalaba, después de haber cambiado para siempre los senderos que la Poesía habría de tomar, en la ciudad costera de Adén, en el actual Yemen. Auténticos torrentes de tinta y verborrea han pretendido esclarecer y glosar los motivos que llevaron al joven bardo a abandonar todo su muestrario de prodigios verbales y vitales en favor de una vida de trabajo esforzado y vacuo.
Rimbaud desbarató, como he dicho, el rumbo de la poesía moderna, a la temprana edad de 16 años y, ya con 18, publicó la que sería obra capital del simbolismo y germen de todos los “ismos” que en el futuro serían: Una Temporada en el Infierno. Eso es: una infernal temporada, lo que nos narra el poeta infringiendo las barreras sensibles, dibujando de color las vocales, imprimiendo melosa melodía a los más brutales párrafos, despreciando la belleza rítmica después de haberla sentado en su regazo, apurando todas las copas de la madrugada lírica, pisoteando las flores secas de la tipografía sin vida, desgarrando con garfios de luz los firmamentos inversos del dolor y vomitando vísceras literarias para vaciar el cuerpo, y poder nuevamente, rebosarlo de sabidurías y sensibilidades afianzadas en las antípodas de la corrección y el “buen camino”.
Nos enseñó, el joven rapsoda, con su multiforme sufrimiento, que la emotividad humana no debe hallar límite, y que quien se aventure en los vastos terrenos de la sensibilidad conseguirá derribar toda frontera e instaurar por siempre en el flujo sanguíneo las verdades con que las palabras aún pueden llegar a estremecernos.
Rimbaud se entregó, durante su más tierna juventud, a la ardua tarea de convertirse en POETA. Para él, ser poeta era ser vidente y proclamó “yo es otro“ cuando nadie lo comprendía. Se educó y prosperó, como sabemos, en un “largo, inmenso y racional desarreglo de todos los sentidos“. No hubo exceso que no se permitiera, ni placer al que se sustrajese de manera premeditada. Fue así como incendió su poesía con las mareas salvajes del subconsciente o, al menos, de la consciencia de ese otro que es el yo del ser humano. Quizás por ello no asombre que, habiendo ya dicho todo, escrito todo, a los 19 años, decidiese abandonar la poesía y retornar al torpe redil de la conformidad social.
A pronta edad se había sentido el joven visionario privado de toda ternura o cálido sentimiento hacia su persona, y había luchado denodadamente por alcanzar la libertad, primero mediante la consagración de su capacidad de ser médium de la frase poética, después mediante su lucha por asegurar una independencia económica que le permitiese no tener que volver a vivir de prestado. Y fue su ansia por acumular suculentos réditos la que le llevó de Adén a Harar para convertirse en traficante de armas y, según algunos aseguran, también de esclavos. Aunque no nos lo parezca, convirtió de esta manera, su vida en su mayor obra poética: la denodada lucha por la superviviencia, la independencia, la libertad, aunque tuviese que obtenerse esta por cualesquiera medios, incluidos los más deleznables.
Lo que Rimbaud hizo en África no difiere de lo que tantos y tantos aventureros, gobiernos y comerciantes hicieron durante años y aún pretenden prolongar en nuestros días. La diferencia es que frente a Rimbaud, las gentes explotadas del África Negra, se hallaban ante un poeta. Un poeta que había bajado a los Infiernos y venía ahora a mostrarlos. Profeta del abismo y la crueldad. Gracias a él, posiblemente, descendiesen los esclavos negros a otros infiernos y se les revelasen verdades que, de ser nuestra civilización más proclive al pulso poético, hubiesen podido dar a luz obras a la altura de la propia Temporada en el Infierno rimbaudiana. Pero les hemos negado el pan y les hemos negado la luz, la visibilidad. Los hemos escondido y silenciado durante demasiado tiempo.
Rimbaud murió como consecuencia de un galopante carcinoma, tras haberle sido amputada su pierna derecha. Podemos asegurar que vivió su Infierno, lo asimiló -y lo llevó lejos- imponiéndolo a los africanos como un evangelio negro y canceroso.
Aquellos africanos vivieron su infierno de colonialismo y brutal represión. Un infierno al que no pudieron dar forma poética. Pero ahora están aquí. Viven entre nosotros. Nos observan desde la blancura oval de sus ojos asustados. Pasean entre nosotros con su piel de noche para recordarnos el ocaso en que vivimos. Buscan oportunidades, algunos. Pero otros, otros no. Los que ignoran los cantos de sirena del mercantilismo societario en que chapoteamos han venido por un simple acto de justicia poética, y deslizan su luminosa sombra de ébano incandescente por entre las vías de tren, sólo para robar el cobre, sólo por despojarnos de lo que consideramos nuestro, como ayer nosotros a ellos les despojamos de todo lo que en su vida pudiese tener sentido.
Justicia poética, ya digo.
Lástima que, del maliense electrocutado, no podamos leer los cuadernos escolares. Seguro que en ellos hallaríamos el averno de Rimbaud, el mismo Infierno que él vivió y apuró y redactó a su vez en las cuartillas escolares de una infancia extrasensible.
Los poetas mueren, y lo único que nos importa, al fin, son sus miserias. Quizás debiésemos recuperar sus obras. Ya lo dije: hay más tratados sobre la vida adulta de Rimbaud que sobre la obra poética que, en la juventud, reorganizó para siempre las normas sobre las que se asentaría en un futuro la lírica escrita.
Ya es hora de que alguien corte la baraja y demos inicio a un nuevo juego. ¿Comenzamos con los cuadernos escolares brotados a la sombra de la perniciosa esclavitud?




Literatura en un artículo diferente, especial, que asombra por sus connotaciones y sus referencias. Rimbaud fue hijo de su tiempo, del esplendor y, a la vez, miseria de su tiempo. Su juventud, adolescencia acaso, tumultuosa de la mano de Verlaine y muchos otros, nos ofreció el infierno en verso. Luego, él mismo buscó el infierno en vida. No me gusta juzgar, sabemos tan poco…La vida siempre ha sido dura y cruel, un ejercicio de supervivencia. ¿Qué podía hacer en Francia? ¿Qué era allí, sino un lujurioso objeto de deseo para escritores mayores? Quiso salir de lo mismo que le hacía escribir, el ser ese “enfant terrible” al que, finalmente, Paris no le ofrecía ninguna vida digna. Y eligió otra igualmente indigna, con menos absenta, pero con otro tipo de drogas. Las crónicas dicen que la vida le dio su merecido. ¿Pero es que la vida es tan inteligente y determinista como para saber de contabilidad y hacer corresponder haber y debe?. No, no lo creo. Rimbaud tenía alteraciones psíquicas producto de su existencia y de su biología quizás. Al final quedaron sus libros, sobre todo “Una temporada en el infierno”. Lo demás son conjeturas poco fiables. No se si Africa se vengará de él y otros como él, pero lo cierto es que Europa desciende y otros continentes apuran una copa lejana de dolor y la traen, oscura pero llena de esperanza, a las puertas de sus antiguos amos. Que sucumbirán en su egoísmo y olvido. Lo malo es que serán nuestros descendientes los que tengan que sufrir las consecuencias. Occidente ha estado ciego y sordo mucho tiempo. Y su poder se acabará algún día.