Hace unos dias, se presentó en Casa de América, el libro Futuro Imperfecto, edición a cargo de Clara Obligado, quien desde su Taller de Escritura Creativa promueve a nuevos y no tan nuevos narradores. Esta vez, en una compilación que recoge 70 relatos, entre los cuales destaca “Futuro Imperfecto” de Mariana Grekof y que da título al libro. A continuación una breve selección.
Futuro Imperfecto | Mariana Grekof
Cuando pateen a tu puerta
¿cómo piensas salir?
¿con las manos en la cabeza
o en el gatillo del revólver?
The Clash
Blanca y radiante va la mano de Nadia, hacia la mejilla de Alfonso. El eco de la bofetada rebota contra las paredes del vestidor y va a morir a la alfombra. Luego, cóctel de explicaciones y reproches, hasta que unas palabras inspiradas devuelven a Alfonso su cara de gatito. Ocultan el escándalo entre las flores del papel pintado y atraviesan juntos el corredor hacia la fiesta, donde los invitados mastican felicidad en brochetas. Mientras tanto ella pasea sus caderas por el jardín; su sonrisa contamina los canapés y los jazmines.
Nadia brinda, coge una copa, y otra. Camina erguida, escupe besos al aire y su cara desaparece tras una boca gigante. Hasta que la ve… Como un misil, cruza el salón directo hacia ella. Le lanza el ramo, pero por delante del hombro, al medio de la cara. La gente primero susurra, luego disimula. Ella se aleja hacia la mesa de ahumados, mientras Nadia estira la falda de su vestido.
Sí, el amor es el opio de los pueblos, pensaría Nadia si supiera pensar de esa manera. Más tarde verá a Alfonso bailando con la corbata de diadema y su auténtico hocico de rata. Nadia se apartará despacio, la música se volverá un ruido lejano, apestará a flores muertas y los encajes le lastimarán la piel. Se acariciará los brazos desnudos, tocará la pared – lisa y perfecta como el cuchillo de la tarta –, sus dedos alcanzarán la barandilla, la puerta, el vacío. Intuirá la presencia del bosque, de la carretera, de las lombrices bajo los cimientos, y del contorno difuso de todo lo que está más allá.
Destrezas familiares | Eva Manzano
Era costumbre en mi familia, de larga tradición de magos, indagar en lo sobrenatural. Cada año, enseñábamos lo que habíamos aprendido. Mi padre fue el primero en comenzar.Se encaminó hacia la mitad del jardín y, con una rama, moldeó un extraño picaporte, que hincó en el suelo con fuerza. Empuñándolo, de un giro abrió la tierra en dos. Con terror contemplamos los abismos en llamas. Mi padre cerró su proeza y se sentó. Entonces mi hermana, la prestidigitadora, se subió a la mesa y deshilvanó los arabescos del mantel, que se convirtieron de inmediato en serpientes. Mientras los reptiles desaparecían entre la hierba, mi tío se transformó en un vaso de agua. Sin esperar a que disfrutáramos de la transfiguración de la materia, su hija se lo bebía de un trago y provocaba una tormenta que nos dejó empapados. Bajo un sol frío que iba a volver tan solo en sueños, toda la familia brindó por el poder de la magia.
Antes de irnos, mi adorado abuelo se levantó y propuso un último truco que no olvidaríamos jamás: la inigualable destreza, imposible de comparar, de dejarnos de querer para siempre.
El joven, el viejo y la poesía * | Sole Molina
− ¿Alguien vive?
El jóven –que accedía a la azotea- vio que la voz venía de un hombre sentado sobre un banco y que este, giraba la cabeza de un lado a otro, como agudizando el oido. De pie, le examinó un momento y se decidió a contestar:
− Aquí. El hombre -un viejo totalmente encorvado, que llevaba gafas oscuras y un abrigo negro largo, casi hasta el suelo- se puso de pie y con ayuda del bastón, se dirigió hacia el joven:
− Buenos días joven.
− Buenos días señor. ¿Espera a alguien?
− No. ¿Y usted?
La respuesta – acaso senil e inofensiva- le había dejado un gusto dudoso al jóven. Luego de una pausa se animó a contestar:
− Yo vivo aquí.
− ¿En la azotea?
− No… quiero decir, en el edificio.
− ¡Ahhh…! Entonces podrá usted decirme, jovencito, ¿es este edificio lo bastante alto?.
− ¿Lo bastante alto para qué?.
− Como para tocar el cielo con las manos…
Vaya, me tocó el viejo loco, pensó.
− Es un decir, ya sabe… Y dígame, ¿cree usted qué se despejará?- y agregó: El hombre del tiempo dijo que tendríamos cielos totalmente cubiertos. Pero ya se sabe con esa gente…
− ¡Ah!, sí… Dicen que va a estar nublado todo el día.
− Vaya… ¡Entonces va a ser una jornada dura!
− ¿Por qué dice eso?
− Verá usted jovencito, mi trabajo consiste es despejar los cielos, de aquí y de allá. Dóndehaga falta.
Dicho esto, el viejo volvió a sentarse de cara a la ciudad y el jóven avanzó unos pasos hasta encontrarse en línea con él. El viejo le esperaba con su cuerpo levemente torcido y cuando se detuvo, asintió con la cabeza y volvió la vista al horizonte. El jóven le siguió. El panorama, incluía murmullos y edificios de todos los tamaños. Ahí está el majestuoso Baldwin, pensó. El edificio más alto de la ciudad. Siguió mirando hasta dónde ya no se podían enumerar plantas, ni distinguir los bloques delcielo. Y el murmullo. Ese murmullo que sólo una gran ciudad puede producir, le pareció de pronto que eran olas incesantes reventando contra las rocas.
− ¿Puede usted en verdad hacer eso?
− Claro, hijo mío. Llevo muchos años en la profesión. ¿Y usted, a qué se dedica,jovencito?
− Soy poeta.
− ¡Ohhhh…, un artista!. Me gustaría escuchar algo suyo.
− ¿Lo dice en serio?
− Por supuesto. Yo le he desvelado mi secreto, ahora es su turno.
− Pero…, ¿veré el cielo despejado?
− ¡Absolutamente!. Usted primero..
El jóven entornó los ojos y dio repaso mental a su repertorio mientras el viejo, manso, apoyaba la barbilla en el bastón y las cejas en el cielo.
− ¡Ya lo tengo! , dijo el joven poeta.
− ¡Fantástico!. Por favor lea. ¡Lea con voz alta y clara!
Pero antes de brotar la primera palabra, el jóven poeta volvió a fijarse en el Baldwin. Sobre la azotea, había una mujer envuelta en una capa negra que se aproximaba peligrosamente hasta el abismo. El jóven, comenzó a agitar lo brazos y balbucear algunas palabras de alerta, intentando llamar la atención de aquella mujer suicida. Hechó un vistazo al viejo, que indiferente a la escena, parecía estar en trance con el cielo. Volvió sobre la mujer. Quería gritarle, pero el cuerpo se le hacía estrecho y la voz no le salía.
− ¡Más alto, jovencito!. ¡Más alto!
Frente a la amenaza de aquella mujer, juntó fuerzas; expandió estómago, pulmones y corazón y dió un grito tan fuerte que el murmullo de toda la ciudad cesó al instante. El grito llegó a la mujer como una cascada. De un salto dejó caer la capa, y se extendieron tras ella, un inmenso par de alas y cayó desplomada sobre sus pies.
− ¡Maravilloso! – exclamó el viejo sin dejar de mirar el cielo. Entonces, el jóven miró también al cielo. Ahí estaba lo maravilloso. Lentamente las nubes se desvanecían dejando paso al azul intenso. El viejo sonreía y en la azotea cercana, la mujer se ponía de pie y se sacudía las alas.
− Léame otro, ¡por favor!.
* Esta versión revisada, presenta algunos cambios que no aparecieron en la primera edición de Futuro Imperfecto.
De la imagen: Elementos de la portada del libro Futuro Imperfecto.
© Portada e ilustraciones de Myriam Cea.
© Textos de sus respectivas autoras.



