Por Jorge Bozo
Cruzo con rapidez una de las esquinas del Mapocho evitando ser atropellado y con el estomago constreñido del hambre. Llego al otro extremo de este río con sus aguas usadas al momento en que recibo una bofetada esplendorosa en pleno rostro llena de colores y olores, ruidos del más variado tipo, voces que cantan armónicamente desafinadas el nombre de sus productos en venta; sobre todo siento ese olor a mujer y tierra tan claro y definible, como si la memoria usara una maquina del tiempo y te llevara de vuelta al principio de todo.
Se me abre el pecho mientras avanzo, al caminar entremedio de los puestos hacia mi esperado objetivo, “donde comer algo”, recibo de todos lados esas sensaciones inequívocas de saber que sí hay un lugar en el que me quedaría por largo rato y sin hablar absolutamente nada, un lugar donde quedarse en silencio, un silencio bullicioso.
Aprovecho de respirar un rato y observo los viejos latones verdes que cubren los locales de venta, que al atravesarlos, pareciera que siempre hay alguien que te mira.
Este es un lugar donde siempre ves un rostro arrugado, líneas llenas de vida y pobreza digna; dignidad lista para ser disparada en el corazón de la estética moderna de las frías vitrinas urbanas entregando algo de humanidad. Aquí no hay nadie que te obligue, solo estas tú entre medio de quesos y fruta vieja, un lugar en el mundo del que no te quieres alejar.
Me apresuro en busca de mi objetivo, cazuelas, lentejas con longaniza, tallarines con salsa, ensaladas a la chilena, y por fin los huelo y los veo allá, al fondo de un ollón que humea; ahí están los esperados porotos con rienda que comí hace solo una semana y que hoy en el mismo lugar se me antojan justo como están para servir, con acelga cocida y ají de color.
Al sentarme, ella se sacude la harina de sus pequeñas manos para seguir en un rato más cocinando las pantrucas que corta con un filoso cuchillo; me pregunta, “qué se va a servir señor”. Sin titubeos le pido mi plato preferido. Son tantas las ollas sobre esa cocina sureña como tantas las pestañas que sobresalen de sus ojos, como tanta la chasquilla que cae de ese pelo de cincuenta otoños, sorprende el color celeste que cubre sus pómulos como queriendo evitar su piel demacrada de tantos días sin sol entre medio de esa vieja cocina.
Enfrente, muchos comensales la buscan y le conversan con las bocas llenas, y en cuanto ella les responde giran sus miradas hacia la derecha de sus cabezas donde hay un calendario con una mina con grandes tetas casi para arrancarlas con las manos o atragantárselas en la boca. Aun así, estas miradas furtivas dan la impresión de un concomitante diálogo entre esa mujer que notoriamente transpira y con quienes los comensales fantasean; es un chiste el ver ese movimiento continuo de las cabezas varoniles al engullir su almuerzo cada vez que ella les da la espalda,…clientes que la imaginan en la cama convertida en la mina de la foto.
Esta sensación de gozo, oloroso y eterno en medio de la modernidad, solo se percibe en ferias o mercados en el centro del cemento, donde aún te despiden con el poder inefable la mirada y un “hasta luego señor, que le vaya bonito”; lugares donde todavía se esconde y sobrevive el movimiento sensual del garabato limpio y preciso, la creatividad del doble sentido; donde se unen la dignidad y la esencia humana que mantiene vivo a este planeta. Lugares donde aún se siente la risa, la fruta, la verdura, la historia, la tierra, la tan generosa vida…todas palabras con nombre de mujer; lugares comunes donde todavía se encuentran esas frutas naturales y salvajemente populares que, esperan, ahí redondas y sensuales, para ser comidas a destajo sobre una bandeja de sabrosa relación humana.
De la imagen © Sole Molina



